
Nadie puede negarle a Kate Morton su talento a la hora de ambientar sus libros: la australiana retrata como nadie los últimos esplendores de la aristocracia inglesa, su mundo de convenciones y secretos atravesado por pasiones y desengaños. Morton es capaz de recrear tan brillantemente la Inglaterra del primer tercio del siglo XX que nos parece que nosotros mismos estuvimos allí. Y ésa es su gran baza como escritora de best sellers.
Kate Morton parece haber encontrado la fórmula del éxito en
cuanto a narración se refiere y me parece muy respetable por su parte seguir
fiel a su ¿infalible? receta: un hecho traumático silenciado en el pasado
aflora en el presente y debe, imperativamente, ser resuelto.
Éste es el patrón de Morton en todas sus novelas, desde la
primera, La casa de Riverton, hasta
esta última, El último adiós (The Lake House).
Pero en todas y cada una de ellas la escritora pincha
sistemáticamente en los desenlaces: a medida que la trama avanza, ésta pierde
fuerza y se diluye. Y, en el caso de El
último adiós, la autora fracasa estrepitosamente y nos ofrece un final
absurdo, predecible desde las primeras páginas, pueril y poco creíble.
¿Qué le ha pasado a Kate Morton en esta novela? El inicio de
la historia hizo que en mi cabeza empezara a encenderse una luz de alarma: me
daba la impresión de que tanto la protagonista como la narración se parecían
sospechosamente al inicio de una maravillosa novela de Ian McEwan, Expiación (2001), y mis sospechas se
vieron confirmadas al releer ésta. Ya con la mosca detrás de la oreja, avancé
en la lectura del relato sólo para comprobar que Morton ya no resuelve con
éxito su famosa ecuación y que se estrella clamorosamente al llegar al final.
Tal vez sería hora de que la australiana probara nuevas recetas
en sus próximos libros y nos ofreciera algo original y fresco, ya que con El último adiós la escritora, en mi
opinión, ha perdido mucho crédito.
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