domingo, 14 de agosto de 2016

84, Charing Cross Road, Helene Hanff

 
Hace unos días leí este maravilloso librito. Me habían hablado de él: que si se leía en una tarde, que si es una lectura fácil, que si había una película con Anthony Hopkins y Anne Bancroft; bla, bla, bla…
La cuestión es que quise leer 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, porque trataba de cartas, de una librería, de Londres, de Nueva York y de dos personas unidas por su inmenso amor a los libros. Todos esos temas me interesan por muy diversas razones y porque sintetizan una manera de sentir la vida que comparto.
El argumento seguro que lo conocéis, es sencillo y sincero, sin tramas, dobleces, giros, esquinas, cantos, secretos o misterios: corre el año 1949; Helene es una mujer que malvive en Nueva York escribiendo lo que le piden. Siente tal pasión por los libros clásicos que, desesperada por no encontrar en su ciudad librería o biblioteca que le suministre lo que quiere, decide responder a un anuncio en el periódico en el que una librería de Londres se define como “especializada en libros agotados”. Así empieza una relación epistolar con Frank Doel, librero de Marks & Co., que durará veinte años.
El libro no es más (ni menos) que el conjunto de cartas que ambos se enviaron a lo largo de ese tiempo. No son cartas de amor, ese amor rancio entre dos personas que no se conocen pero que se escriben ardientes palabras y que maldicen al destino por no haberlos unido, ni hablar. Son cartas en las que sí se habla de amor, pero por los libros, por los grandes autores, por la literatura clásica, por las librerías, por esa sed de encontrar entre las páginas de esos libros lo que no somos capaces de hallar en nuestra vida gris y mundana. En cómo la literatura nos libera de la soledad, en la compañía desinteresada que nos proporcionan los libros…
Y también, de una manera más sutil, esta historia nos hace reflexionar sobre cómo vamos postergando nuestros sueños y deseos, cómo van quedando enterrados bajo las urgencias del día a día, cómo nos engañamos pensando en que ya habrá tiempo para hacer aquello que tanto anhelamos, hasta que un día nos despertamos conscientes y aterrados porque nos hemos dado cuenta de que ese tiempo ya pasó.

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