Hace unos días leí este maravilloso librito. Me habían
hablado de él: que si se leía en una tarde, que si es una lectura fácil, que si
había una película con Anthony Hopkins y Anne Bancroft; bla, bla, bla…
La cuestión es que quise leer 84, Charing Cross Road, de
Helene Hanff, porque trataba de cartas, de una librería, de Londres, de Nueva
York y de dos personas unidas por su inmenso amor a los libros. Todos esos
temas me interesan por muy diversas razones y porque sintetizan una manera de
sentir la vida que comparto.
El argumento seguro que lo conocéis, es sencillo y sincero,
sin tramas, dobleces, giros, esquinas, cantos, secretos o misterios: corre el
año 1949; Helene es una mujer que malvive en Nueva York escribiendo lo que le
piden. Siente tal pasión por los libros clásicos que, desesperada por no
encontrar en su ciudad librería o biblioteca que le suministre lo que quiere,
decide responder a un anuncio en el periódico en el que una librería de Londres
se define como “especializada en libros agotados”. Así empieza una relación
epistolar con Frank Doel, librero de Marks & Co., que durará veinte años.
El libro no es más (ni menos) que el conjunto de cartas que
ambos se enviaron a lo largo de ese tiempo. No son cartas de amor, ese amor
rancio entre dos personas que no se conocen pero que se escriben ardientes
palabras y que maldicen al destino por no haberlos unido, ni hablar. Son cartas
en las que sí se habla de amor, pero por los libros, por los grandes autores,
por la literatura clásica, por las librerías, por esa sed de encontrar entre
las páginas de esos libros lo que no somos capaces de hallar en nuestra vida
gris y mundana. En cómo la literatura nos libera de la soledad, en la compañía
desinteresada que nos proporcionan los libros…
Y también, de una manera más sutil, esta historia nos hace
reflexionar sobre cómo vamos postergando nuestros sueños y deseos, cómo van
quedando enterrados bajo las urgencias del día a día, cómo nos engañamos
pensando en que ya habrá tiempo para hacer aquello que tanto anhelamos, hasta
que un día nos despertamos conscientes y aterrados porque nos hemos dado cuenta
de que ese tiempo ya pasó.

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