Esta es la
tercera entrega de la gran obra Mi lucha, del noruego Knausgard. En ella
asistimos a los primeros años del pequeño Karl Ove, su primera casa en la isla
de Trom, una isla al sur de Noruega donde el autor pasó su niñez junto a sus
padres y su hermano mayor, Ingve.
La novela es
un precioso y preciso viaje por la infancia de Karl Ove, pero podría describir
igualmente la infancia de cualquiera de nosotros: el descubrimiento del mundo,
la emoción del primer día de escuela, los primeros amigos, el esfuerzo por
encajar entre los demás, los juegos y las travesuras con los compañeros, la
calle, los días eternos de verano perdido en los bosques, en la playa, el
invierno oscuro y frío junto a su hermano mayor, las visitas de los abuelos.
Es
irremediable sentirse transportado a la propia infancia, porque aunque el
escenario y los personajes sean otros, las emociones y los sentimientos de un
niño son universales. Y Knausgard, un chaval con una sensibilidad especial, que
halla placer en los libros, que se asombra ante el espectáculo que le ofrece la
naturaleza, nos lo cuenta, como siempre, desmenuzando los recuerdos como nadie
sabe hacerlo.
La sombra
que empaña esta aparente vida idílica es, ya los sabemos por sus libros
anteriores, su padre; un hombre inestable, impredecible, dominado por una ira
que dirige hacia su hijo menor, el más vulnerable y sensible de los dos, que
crece a la vez que también se acrecenta el miedo hacia su progenitor. Sin
embargo, es capaz de atesorar recuerdos insustituibles que formarán parte de su
vida y que conformarán su persona en la vida adulta; la sombra del padre
tardará aún algunos años en convertir su existencia en un páramo gris.
Todos
tenemos, o deberíamos tener, una isla de la infancia, un lugar al que acudir
cuando la vida se vuelve difícil, cuando la existencia nos ahoga con sus
sinsabores, cuando la enfermedad nos golpea sin compasión. Cerrar los ojos y
volver a sentir el sol del verano en la piel, la felicidad de una vida llena de
posibles, mil destinos soñados, la despreocupación de saber que otros se
encargan de todo, la ilusión de que nada nos puede hacer daño. Cerrar los ojos
y volver a esa isla es, en ocasiones, la única tabla a la que agarrarnos cuando
todo alrededor parece naufragar.

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