sábado, 7 de enero de 2017

La isla de la infancia, Karl Ove Knausgard

Esta es la tercera entrega de la gran obra Mi lucha, del noruego Knausgard. En ella asistimos a los primeros años del pequeño Karl Ove, su primera casa en la isla de Trom, una isla al sur de Noruega donde el autor pasó su niñez junto a sus padres y su hermano mayor, Ingve.
La novela es un precioso y preciso viaje por la infancia de Karl Ove, pero podría describir igualmente la infancia de cualquiera de nosotros: el descubrimiento del mundo, la emoción del primer día de escuela, los primeros amigos, el esfuerzo por encajar entre los demás, los juegos y las travesuras con los compañeros, la calle, los días eternos de verano perdido en los bosques, en la playa, el invierno oscuro y frío junto a su hermano mayor, las visitas de los abuelos.
Es irremediable sentirse transportado a la propia infancia, porque aunque el escenario y los personajes sean otros, las emociones y los sentimientos de un niño son universales. Y Knausgard, un chaval con una sensibilidad especial, que halla placer en los libros, que se asombra ante el espectáculo que le ofrece la naturaleza, nos lo cuenta, como siempre, desmenuzando los recuerdos como nadie sabe hacerlo.
La sombra que empaña esta aparente vida idílica es, ya los sabemos por sus libros anteriores, su padre; un hombre inestable, impredecible, dominado por una ira que dirige hacia su hijo menor, el más vulnerable y sensible de los dos, que crece a la vez que también se acrecenta el miedo hacia su progenitor. Sin embargo, es capaz de atesorar recuerdos insustituibles que formarán parte de su vida y que conformarán su persona en la vida adulta; la sombra del padre tardará aún algunos años en convertir su existencia en un páramo gris.
Todos tenemos, o deberíamos tener, una isla de la infancia, un lugar al que acudir cuando la vida se vuelve difícil, cuando la existencia nos ahoga con sus sinsabores, cuando la enfermedad nos golpea sin compasión. Cerrar los ojos y volver a sentir el sol del verano en la piel, la felicidad de una vida llena de posibles, mil destinos soñados, la despreocupación de saber que otros se encargan de todo, la ilusión de que nada nos puede hacer daño. Cerrar los ojos y volver a esa isla es, en ocasiones, la única tabla a la que agarrarnos cuando todo alrededor parece naufragar.

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